Guardas fotos de melenas midi desde hace meses y sigues sin saber cómo te queda a ti: en esas imágenes hay otra cara, otro pelo y una peluquera que acaba de secarlo. Aquí el orden es el contrario. Subes un selfie y ves ese largo dibujado sobre tu cara, con tu pelo y tu color, antes de que las tijeras hagan algo irreversible. Cortar son diez minutos; volver al largo de antes son meses. La primera prueba es gratis, sin registro y sin instalar nada.
«Midi» no es un término de peluquería, es una palabra de escaparate: no tiene una medida detrás. Por eso dos mujeres piden lo mismo y salen con dos cortes distintos — una por encima de la mandíbula, la otra rozando la clavícula. Entre esos dos puntos hay cuatro dedos de diferencia, y esos cuatro dedos cambian la cara entera.
Lo que sí sirve es señalar dónde quieres que acabe. Tres puntos de referencia cubren casi todo lo que la gente llama midi, y conviene llegar al salón con uno elegido en lugar de con la palabra:
Aquí es donde más se pide una cosa y se recibe otra, porque cada palabra es un nombre comercial de la misma operación hecha a distinta profundidad. Traducidas, quieren decir esto: las capas largas empiezan cerca de las puntas y solo dan movimiento; las ligeras o suaves quitan poco peso; las invisibles se cortan por dentro, así que quitan volumen sin que se vea el escalón; la desfilada afina las puntas; la escalonada deja los escalones a la vista. El corte mariposa es otra cosa: capas cortas arriba que imitan una melena más corta sin perder el largo.
La pregunta útil para tu peluquera no es «¿me pones capas?», sino dónde empieza la capa más corta. Eso decide si el pelo se abre a la altura del pómulo, de la oreja o del mentón — y es lo que se ve en la prueba, mientras que un nombre no se ve.
La otra mitad la pone tu pelo. En pelo grueso las capas son lo que hace posible la forma, porque sin ellas la melena se queda como un bloque. En pelo fino pasa lo contrario: se comen el poco cuerpo que hay, y las puntas acaban vacías justo donde más se nota.
El flequillo cambia la melena midi más que un par de centímetros de largo, porque mueve el punto donde empieza la cara. Un flequillo recto cierra la frente y pide secarlo cada mañana; uno largo se funde con el resto y se puede llevar a un lado los días malos; el de cortina se abre en el centro y es el que menos compromete, porque cuando cansa se deja crecer sin un corte de por medio.
Y hay una regla que solo se ve mirando: el flequillo y las capas compiten por el mismo volumen. Si el pelo es fino, poner las dos cosas a la vez suele dejar la coronilla sin cuerpo. En la prueba las comparas por separado antes de decidir si van juntas.
El tipo de pelo manda más que el nombre del corte, y por eso la misma foto de referencia sale distinta en cuatro cabezas. En pelo rizado el largo se encoge al secarse: lo que en mojado llegaba a la clavícula acaba por la mandíbula, así que la midi hay que pedirla contando con esa subida. En pelo ondulado el corte se abre a los lados y necesita menos capas de las que parece.
En pelo liso la línea del corte se ve entera, con lo bueno y lo malo: queda limpia, pero cualquier asimetría queda a la vista y el flequillo marca cada centímetro. Y en pelo fino la midi suele ser el largo que mejor funciona, precisamente porque las puntas llegan con densidad — lo que la estropea no es la longitud, son las capas altas.
Lo que suele decirse: en una cara redonda, acabar por debajo de la mandíbula y llevar raya lateral; en una alargada, no pasarse de largo y sumar volumen a los lados o un flequillo que corte la vertical. Úsalo para elegir dos versiones que quieras ver, no como veredicto — es geometría, y tu pelo no es geometría.
Lo que no vamos a contarte: que un corte adelgaza, disimula o quita años. No lo hace, y ninguna melena cambia el óvalo de nadie. Lo que sí cambia es dónde se detiene la mirada, y eso se juzga mirando, no leyendo. Nosotros tampoco medimos tu cara: la forma la decides tú, nosotros dibujamos el corte encima de ella.
A partir de los cincuenta entran dos cosas más. El pelo suele venir más fino, así que el largo pesa y se aplasta en la raíz — la midi ayuda porque quita peso donde sobra. Y las canas bajan el contraste con la piel: la forma se lee menos por el color y más por la línea, de modo que un corte limpio se nota mucho más que uno muy desfilado.
Subes un selfie de frente con luz de día, sin peinarte para la ocasión, y eliges qué versiones quieres ver: más corta, más larga, con capas, con flequillo. La primera es gratis y sin registro; después van los paquetes de 3, 5 u 8 pruebas desde 15 €, con pago único y sin suscripción. Si algo falla por nuestro lado, el intento vuelve a tu cuenta y no lo pagas dos veces.
Cambiar el color es una opción aparte: hasta tres tonos sobre tu propia foto por 15 € — útil cuando lo que dudas no es el largo, sino si la midi te queda igual de bien en otro tono.
Y lo que esto no es: una visualización aproximada, no una foto de salón. La forma, el largo y el volumen se leen bien; los rasgos finos pueden salir algo distintos y la precisión del color depende de la luz de tu selfie. No garantiza el resultado de la peluquería — para eso está tu peluquera —, pero sirve para llegar sabiendo qué pedir y para descartar sin coste lo que ya sabías que no querías.
La misma melena midi se lee de una manera en castaño frío y de otra en rubio dorado, porque lo que cambia es el contraste de la cara. Con un solo selfie se calculan tu subtono, tu profundidad y tu contraste — ese cálculo ocurre dentro de tu navegador y esa foto no sale del móvil. El primer veredicto es gratis; el análisis completo cuesta 44 €.
A veces lo que pides no es un corte, sino un día distinto: unas ondas, una coleta baja, un semirrecogido. Se prueban sobre la misma foto, y si tienes una boda cerca la respuesta cambia otra vez, porque ahí lo que decide es cuántas horas aguanta el peinado.
Un largo intermedio, entre la barbilla y la clavícula. No hay una medida oficial detrás: es una palabra de tendencia, no un término técnico, y por eso conviene señalar el punto donde quieres que acabe en vez de decir solo «midi». Sobre tu foto puedes ver las tres versiones seguidas y quedarte con una.
Lo que se suele recomendar es acabar por debajo de la mandíbula y llevar raya lateral, y funciona bastante a menudo. Pero ningún corte cambia el óvalo de la cara, así que la regla te da dos candidatas y la prueba en tu foto te dice cuál aguanta con tu pelo. Si no sabes qué forma tienes: recógete el pelo, mírate de frente y compara tres anchos — frente, pómulos y mandíbula — con el largo de la cara. Si los tres anchos se parecen y el largo es corto, se suele llamar redonda; si el largo manda con claridad, alargada.
Sí, pero contando con que sube. El rizo se encoge al secarse y un corte pedido en mojado acaba varios centímetros más arriba de lo que esperabas, así que el largo se habla en seco. En la prueba lo que ves es la forma y el volumen del rizo con esa longitud, que es justo lo que no muestra una foto de pelo liso.
Mejor que un nombre, una referencia: dónde empieza la capa más corta. Las invisibles se cortan por dentro y quitan peso sin dejar escalón, las ligeras quitan poco, la desfilada afina las puntas y la escalonada deja los escalones a la vista. En pelo fino cualquiera de ellas resta cuerpo, así que ahí conviene ir con menos capas de las que aparecen en las fotos de referencia.
La primera prueba es gratis y sin registro; los paquetes de 3, 5 u 8 empiezan en 15 €, con pago único y sin suscripción. La foto se envía una sola vez, cuando pulsas para dibujar el corte, y no se usa para entrenar modelos; las imágenes terminadas se guardan 30 días y puedes borrarlas antes. El cálculo de la colorimetría se hace entero en tu navegador y para eso la foto no sale del móvil.